En el primero el motivo del viaje hasta ésta ciudad violenta fue una boda pero el alcohol y el descontrol con otros amigos fue lo preferido en lugar de visitarme, el segundo tenía organizado hasta los regalos y los restaurantes a los que iríamos juntos pero la noche anterior a venir me avisó que su jefe no le dio permiso de salir de vacaciones y me sentí muy triste porque llevábamos 1 año sin vernos en persona. La tristeza se convirtió en ira desenfrenada cuando a la mañana siguiente vi una publicación en Facebook en la que Metadona decía "Los Cabos allá voy". Estaba muy bien planeado pero era necesario mentirme una vez y otra vez quien sabe con qué propósito. Me lo advirtió una publicación de dos semanas atrás en la que su amigo Lorenzo de Los Cabos le decía:
-Wey faltan dos semanas y no me has dicho cuando llegas- no hubo comentarios públicos, ni nada.
Estuvimos un par de semanas sin reclamos ni peleas ni insultos, simplemente desaparecí hasta una noche en que me escribió un mensaje dulce pidiendo permiso para llamarme por teléfono. En principio me excusé porque estaba parado bajo la lluvia esperando que mi otro amigo al que llamábamos "El niño del riñon" que sufre de insuficiencia renal por la diabetes saliera de su apartamento para ir a cenar. Metadona marcó unas tres horas después, tenía una excusa para romper el hielo, preguntar por la salud enclenque del Niño del riñon. Hablábamos durante 40 minutos o fueron 4 que parecieron muy largos, con monosílabos, sin saber por donde empezar a reclamar o ofrecer las disculpas o a pedir todos los "te amo Metadona puta" atrasados y yo sin animarme a decir:
-Wey porque no vas y chingas a tu reputa madre y desapareces de mi vida.- No pude hacerlo, no encontré razones para combatir su intento de recuperar nuestra amistad, su falta de orgullo me fue digna de admiración o fue porque antes de que yo iniciara la frase me soltó parte de su dolor.
-Caye, no fui a visitarte porque me puse loco y quería estar drogado y bebiendo, creo que estoy infectado, me harán pruebas el lunes.
Las semanas siguientes fueron de stress, insomnio, largas horas de mente en blanco y largas horas de un sólo y constante pensamiento. Fue demoledor contener a mi mejor amigo por teléfono, no atreverme por unos días a escuchar su voz, temerle al ataque de llanto, contenerlo, escucharlo, amarlo sin abrazarlo durante horas cada vez que preguntaba:
-¿Me ayudarías a morir?, anoche intenté suicidarme de nuevo. Dime por favor ¿me vas a ayudar a morir?- El diagnóstico fue positivo, mi respuesta negativa. Yo pensaba en lo legal, en no verme involucrado por asistir a alguien en suicidarse y a su vez en ser el apoyo de alguien que no estaba confiando en las soluciones y en que saldría de ese momento paralizante. Y sí, el transcurso de los días empezaron a diluir la furia y las culpas, Metadona consiguió ingresar a un protocolo para el tratamiento pero una nueva idea comenzó a fastidiarme: por qué cogía con otras personas sin advertirles que está infectado.
Llegó el día del tercer viaje, ofrecí mi apartamento y lo rechazó, prefería estar en hotel para tener un gimnasio cerca y tener tiempo de también visitar a su antiguo grupo de amigos a los que llamaba "las tóxicas" porque se meten hasta el talco. No me ofendí pero insistí en ir por él a la terminal y cenar juntos antes de que se hospedara pero se negó a darme una hora exacta de arribo aunque los autobuses llegan en 5 horas exactas. Los planes eran dejarme a un lado y de nuevo rodearse de gente que no tuviera problemas con el alcohol sin medidas y las drogas y el que apareció en escena para ofrecerlo fue Guillermo "el junkie".
El día siguiente fue sábado, cuando salí de trabajar le marqué a Metadona para reunirnos por un café. Yo tenía la presión arterial encima de 135/110 y con la taquicardia tenía que aprovechar el momento de tensión y despedirme para siempre. Cuando al fin llegó a la cafetería me invadió un sentimiento hacia él que nunca había tenido, de toda la montaña rusa de emociones que me provocó durante años nunca me había provocado ese vacío de no sentir nada al abrazarlo, mirarlo o hablarle. Y aproveché eso y lancé mi reclamo:
-No tengo vih, no tengo drogas, no tengo alcohol, soy una persona aburrida porque no tengo nada de eso para ofrecerte quédate con los amigos que siempre eliges, fue un placer- y me paré, tomé una de sus mejillas con una mano y lo besé en la otra y salí sin voltear la mirada aunque escuché:
-No te vayas, vamos a hablar.
-No te vayas, vamos a hablar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario